Toda persona es un ser sexual y tiene pensamientos, actitudes, sentimientos, deseos y fantasías sexuales. Tener una discapacidad física, intelectual o sensorial no cambia la sexualidad de la persona o su deseo de expresarla, ni las emociones que la pueden acompañar. De hecho, la sexualidad es una necesidad básica y un aspecto del ser humano que no se puede separar de los otros aspectos de la vida.

Hasta hace unos años, se consideraba que la persona que sufría una discapacidad no tenía derecho a la sexualidad. Tenía lugar una desexualización, al igual que ocurre con las personas mayores: y que se les negaba la oportunidad de vivir la sexualidad de forma natural, pese a las limitaciones concretas de cada caso.

La búsqueda del placer sexual es algo natural cada persona y que se trata de una práctica necesaria: Aporta confort y recompensa, junto con una sensación de bienestar con uno mismo y con la pareja sexual. Sin embargo, la presencia de dificultades para llevar a cabo las conductas sexuales provoca en la persona frustración y estrés que interviene en la vida diaria, afectando en la fase de deseo y excitación de la respuesta sexual.

La relación sexual en una persona con discapacidad, será mucho más rica sobre todo basada en la comunicación, la ternura, las fantasías, las caricias y el juego erótico, que pueden permitirles obtener sensaciones orgásmicas a partir de la estimulación de zonas eróticas no genitales.

El sexo no consiste únicamente en una satisfacción física, sino que implica una relación de amor y de intercambio, que une de manera química y emocional a las personas. Es algo tan maravilloso, que no se entiende cómo en estos tiempos resulta un tabú tan grande en nuestra sociedad.

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